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Soledad Román Collado - No es tiempo para sueños

No es tiempo
  para sueños  

Concha, la protagonista, no podía imaginar cuantas renuncias tendría que hacer para ver cumplido su sueño. La vida no se lo pondrá fácil y deberá perseverar en su empeño, incluso a costa de su felicidad. No es tiempo para sueños nos adentra con sutileza en la traición, el autoengaño y las falsas apariencias en una familia de bien, de las de siempre, en la ciudad de Cartagena en 1926 Cómpralo aquí
Sobre la Autora
Soledad Román

Soy mayor para ser escritora novel, pero en mi descargo diré que todo lo hice a destiempo. Me casé a los dieciocho, tuve un hijo a los veinte y emprendí iniciativas en momentos de la vida y del entorno económico que nadie se las hubiera planteado ni por asomo. Quizás, ese afán aventurero explica mi atrevimiento. Y, de hecho, podría decirse que he vuelto a comenzar de nuevo en el ámbito profesional.

Nací en Cartagena, pero del año y medio que viví allí, no tengo recuerdos. Todos pertenecen a Sevilla, donde transcurrió mi infancia y adolescencia. Sin embargo, a Cartagena volví con mis padres muchos veranos de niña a visitar a mis abuelos. Imagino que de esos años infantiles nació mi fascinación por esa ciudad, porque, sin proponérmelo, mi primera novela ha trascurrido allí, junto al mar y en el año que la nieve cubrió una buena parte del litoral mediterráneo el día de Navidad. Nunca más volvió a nevar en Cartagena ese día.
Escribo con ahínco de forma diaria si no llego agotada por mi trabajo y por mi nieto, pero soy tan feliz escribiendo que el tiempo se desvanece y recupero las energías que he ido entregando a otras actividades. Incluso, consigo olvidar todas las dificultades a las que me enfrento por haber decidido ser una escritora mayor a tiempo parcial.

firma Soledad Roman

Una rápida mirada al comienzo del Libro

Capítulo 1. Doña Amalia

 El invierno se había aferrado a la ciudad con una terquedad tan irritante como inusual, y el cielo, siempre enmarañado de nubes, parecía negarse en redondo a que la luz de la primavera inundara la vida de sus vecinos que, desanimados ante tanta frialdad, contemplaban la desnudez de los árboles y la furia del mar embravecido como un mal augurio.
 Doña Amalia, maestra del colegio Cervantes, estaba íntimamente convencida de que la persistencia del invierno había ocupado en las conversaciones de sus vecinos, el espacio prohibido a cualquier alusión sobre el impacto de la guerra de Marruecos en la vida de la ciudad o la desigual transformación urbana que estaba teniendo lugar bajo el Directorio de Primo de Rivera.
 Cartagena, en 1926, se hallaba en pleno cambio, como una adolescente que se acerca al mundo de los adultos con desaliño y desgana, pero a la vez con curiosidad: nuevos edificios, nuevos trazados de calles, más plazas, aunque otra parte menos vistosa, pero más popular, se removía inquieta e insegura al reconocerse como una ciudad de paso, abandonada a su suerte. Y cada mes, la ciudad despedía, entristecida, a centenares de soldados camino de la guerra con Marruecos, que se dejaban ver por sus calles, bromeando y apostando sobre quién de ellos ganaría el premio del mes al mejor soldado o gritando entre risotadas lo que uno se veía obligado a hacer para tener gratis un buen tabaco.
 Quizás, discurría de tanto en tanto doña Amalia, los cartageneros ansiaban la normalidad, aunque solo fuera en el clima. A ella, en cambio, alejada voluntariamente de la política, el tiempo solo le preocupaba por el efecto que producía en la capacidad de atención de sus alumnas.
 Caminando con decisión hacia la clase, maldecía en voz baja las pésimas instalaciones del colegio Cervantes, el cual, pese a su aristocrática ubicación en un antiguo palacio de la calle Caridad, era pura apariencia. Las consecuencias del abandono que sufría el edificio desde hacía años eran más que evidentes, y no lograba entender la resistencia del director por atenuar sus consecuencias.
 Rodeó el patío de la planta baja, pasó ante la capilla y se encaminó a la primera planta. Subiendo las escaleras, levantó la mirada hacia la bóveda de cristal que cubría el gran patío central de planta cuadrada. Incluso allí, pensó, la temperatura se podía aguantar; pero, en las aulas, los grandes ventanales a medio cerrar facilitaban la entrada por igual de la luz y el frío.
 Movió la cabeza como si continuara su conversación con el director, con quien, a pesar de esta controversia, se sentía razonablemente satisfecha. A diferencia de otros, poseía una visión casi avanzada de la educación, ya que incluso pedía la opinión a las profesoras, y todas gozaban de cierta autonomía en la organización del temario de clase.
 Eso sí, con la única condición, según sus propias palabras, de que las sugerencias no empeorasen la ya de por sí delicada situación económica del colegio.
 Doña Amalia había intentado, por tercera vez durante el mes de marzo, que el director comprendiera la necesidad de continuar calentando las aulas, al menos en las primeras horas, pero este le había explicado que las normas estaban para cumplirlas, y que, por otra parte, ella era la única del claustro que se quejaba. Cuando escuchó la negativa cerrada de don Anselmo, había apretado los labios con fuerza y alzo la punta de su ceja izquierda, pero no insistió.
 Diez minutos más tarde, se encontraba, como cada mañana, tratando de sacudir la atención de sus alumnas más allá del frío que parecía entumecerlas por dentro y por fuera. De pie, ante el estrado, dio unos ligeros golpecitos en el suelo con el pie derecho, y se alisó la falda. Sonrió imperceptiblemente al observarse: repetía esos gestos desde que comenzó a dar clases once años atrás. Palmeó dos veces y su voz ronca salió rebotando sobre los pupitres y las cabezas de sus alumnas, que hablaban en voz baja, distraídas.

No es tiempo para sueños - Soledad Román Collado

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Concha, junto a los dos personajes que narran la historia, formarán un triángulo mágico de puntos de vista que logra rasgar el autoengaño al que el ser humano suele someterse para no sufrir, esa frenética persecución en pos de la falsa felicidad de pacotilla que nos han vendido.


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Algunos comentarios de lectores

Concha se erige como un personaje hecho y derecho, como los de antaño. Como la Jane Eyre de Charlotte Brönte o la Emma de Jane Austen o la Andrea de Carmen Laforet, por poner tres ejemplos de pequeñas-grandes mujeres a las que sus autoras han escrutado a través del microscopio literario hasta dejar a la vista todas sus grandezas y todas sus miserias. Este escrutinio está hecho con una narrativa honesta y directa, sin grandes artificios ni trucos literarios.

Isabel Cañelles
Escritora, Editora y Autora del Prólogo

El libro me ha resultado sorprendente, reconozco que no es la literatura que suelo leer, pero el libro consiguió atraparme desde el comienzo. Enhorabuena.

Luis Alonso
Lector

El libro te atrapa de principio a fin, la lectura es ágil y entretenida, los personajes son muy sólidos. Lo que más me ha gustado es cómo la autora se vale de Concha y sus circunstancias para hablar de una cuestión universal e intemporal: El descubrimiento de que, muchas veces, el tomar nuestras propias decisiones, implica separarnos de la gente que queremos, de las convenciones, del anhelo de que todos nos quieran o nos apoyen. De cómo esa separación ineludible y el dolor que nos provoca nos hace las personas que elegimos ser.

Gloria Valdivia
Escritora

Concha contempló con envidia las nubes blancas y densas. Se movían por el cielo con la libertad que ella querría para sí”. Y es que hasta hace no mucho que las mujeres pensaran y decidieran por sí mismas era considerado no sólo un acto de rebeldía sino algo subversivo. Es lo que le ocurre a Concha cuando decide continuar sus estudios. Entonces su vida se complica y las intrigas se ciernen en torno ella y los que quieren ayudarla. ¿Lo conseguirá? Cuando las conoces les tomas cariño enseguida y deseas saber lo que les va a pasar y no puedes dejar de leer la novela hasta el final, de un tirón, como me ha ocurrido a mí.

Mº Angeles Villena
Lectora

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